El motivo de la conversación fue una observación: la Biblia está en casi todos los hogares ortodoxos, pero pocos la leen con regularidad, y menos aún intentan comprender su propia vida a través del texto bíblico. Desnitski recordó cómo en los años 1980 los jóvenes cristianos buscaban la Biblia entre los especuladores de libros y hacían trabajos de curso sobre el cristianismo para acceder a los fondos especiales. Ahora, según sus palabras, el libro puede comprarse en cualquier tienda, «pero se lee poco, y al leer no se esfuerzan mucho por entender, y menos aún por aplicar lo leído a su vida».
Respeto en lugar de lectura
La causa principal que veía el entrevistado era la falta de comprensión del lugar que la Escritura debe ocupar en la vida actual. Sin eso, la actitud hacia la Biblia se vuelve «respetuosamente neutral, como hacia una reliquia de museo». De palabra todos reconocen su autoridad, pero no hay una motivación seria para leerla con regularidad y reflexión; a muchos les parece que al cristiano practicante le bastan los Santos Padres. Desnitski objetaba: los propios Padres leían constantemente la Biblia, y la mayoría de sus obras son interpretación de la Escritura aplicada a la situación del oyente. Leer a los Padres sin conocer el texto bíblico corre el riesgo de convertirse en erudición libresca y en un juego de citas en las discusiones.
Como ejemplo citaba las homilías de Juan Crisóstomo, quien, según su descripción, leía la Escritura como hoy se leen los artículos de periódico sobre temas de actualidad, y relacionaba lo leído con los problemas de Constantinopla de finales del siglo IV.
El seminario y el miedo
Desnitski habló por separado de la formación de los sacerdotes. El joven egresado del seminario, al enfrentarse a las cuestiones modernas y a las obras de los críticos bíblicos radicales, se encuentra ante una disyuntiva: o bien ante él están «malvados herejes», o bien todo lo que le enseñaron es chatarra obsoleta. La causa, a su juicio, es que a los seminaristas no se les preparaba para el encuentro con el texto ni se les explicaba su multidimensionalidad. En consecuencia, la Escritura se percibe como algo explosivo que es mejor no tocar.
Entre las causas mencionaba también el miedo a caer en el protestantismo con su principio de «solo la Escritura», y el miedo general al liberalismo, al modernismo y a Occidente. En la cautela Desnitski veía una parte racional: la lectura literal de frases arrancadas de contexto puede llevar muy lejos. Pero, según sus palabras, «la política del avestruz es ineficaz»: rechazar la Tradición es incorrecto, pero de ello no se sigue rechazar la Escritura.
«Espacio de piedad» y qué hacer
Otra causa la relacionaba con los pasajes escandalosos del texto bíblico, especialmente en el Antiguo Testamento. Los creyentes a veces intentan construir a su alrededor un «espacio de piedad» estéril, donde no hay nada discutible ni incomprensible, pero la Biblia no encaja en él. Desnitski comparaba esa existencia con la vida en una cámara estéril tras un trasplante de médula ósea: la persona queda privada de inmunidad espiritual. La Escritura, subrayaba, no es un catecismo ni una colección de respuestas, sino un relato donde hay pecado y fealdad, pero todo tiene sentido; en ella se dan «hitos, no vallas con alambre de espino».
Resolver el problema, a su juicio, debe hacerse a nivel de toda la Iglesia, por analogía con la ya reconocida necesidad del servicio juvenil y misionero. Proponía crear un centro de información y consulta que se ocupara no de controlar, sino de elaborar metodologías: los círculos bíblicos parroquiales existen, pero varían en calidad y «se cuecen en su propio jugo». No hay un modo universal de lectura, hace falta toda una paleta de metodologías; muchas ya existen en los Padres y en el mundo contemporáneo.
Internet, según Desnitski, es necesario tanto como depósito de literatura como plataforma para responder rápidamente a los nuevos desafíos. Como ejemplo citaba el libro de Rolf Furuli, testigo de Jehová, que demuestra la superioridad de la traducción de los testigos de Jehová: a la traducción la calificó de monstruosa, que distorsiona pasajes dogmáticamente importantes, y para refutarla no basta el curso estándar del seminario.
En los seminarios proponía separar el conocimiento de los datos bíblicos y la metodología de lectura del texto e introducir un curso de hermenéutica: no el aprendizaje memorístico de lo dicho por los Padres, sino el arte de comprender, teniendo en cuenta que la lectura literal, alegórica, tipológica y moral siempre han existido en la Iglesia. A nivel parroquial, incluso sin un biblista preparado, es importante leer constantemente la Escritura en común, para que se convierta en el mismo centro de la comunidad que la Eucaristía, y preguntarse ante cada pasaje dónde estoy yo en esta historia.
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